Los murciélagos están en las alcantarillas (viven). Las alcantarillas se encienden con la noche. El murciélago es cualquiera. La diferencia entre él y otros, es que él ve cosas que otros no (la diferencia da igual. Todos están solos).
Cuando bajás la persiana para cerrar los ojos, mientras cenás o ves una película, cuando experimentás esa muerte, a la que le llaman sueño, mientras estás muy tranquilo en tu casa, lejos del ruido de las alcantarillas, el murciélago se levanta y hace. Ve, fuma, está parado y ve cosas que desaparecen cuando el rumor de las alcantarillas se apaga con el día. Cuando el olor a podrido, se vuelve jazmín, que plantaron otros.
Hay un auto que estaciona siempre en el mismo lugar. Es un taxi. Dentro está el tachero y dos hombres de pelo largo y labios pintados, que no quieren que los vean y se tapan.
El auto estaciona siempre en el mismo lugar (yo creo que el auto estaciona siempre en el mismo lugar, no tengo indicios, sólo cierto aire a repetición, a rutina nocturna, a cementerio. Que yo sepa nadie, hasta ahora, logró salir de su tumba). Después de estacionar, durante unos minutos, no pasa nada. Después sale el taxista, se baja, cruza a la estación de servicio, y compra dos aguas (todo esto, está teñido de una cautela asombrosa, mientras los hombres de labios pintados se tapan, como escapándose de alguien o de algo). El taxista vuelve al auto. Y se van los tres, quién sabe dónde (mientras el murciélago, hace)
Un hombre inmenso. Con una panza inmensa. El torso inmenso, desnudo, lleno de pelos. Una remera atada a la cabeza (parece un piquetero). Se arrima a la puerta de la clínica, porque allí, en la puerta, hay un cenicero alto, con miles de cigarrillos apagados por la mitad, sumergidos en un pequeño arenero.
El hombre inmenso entonces (inmenso y sucio), se acerca al cenicero y emprende la ardua tarea de juntar cada uno de los peces muertos. Un hombre, ve al orangután juntar las colillas. Le dice:" si querés te puedo convidar un cigarrillo ENTERO ". El mono le agradece, dice no y sigue con su tarea. (quié sabe por qué)
(Hay alguien que lo ve, no porque elija verlo, él cree que está "trabajando". Es un murciélago)
Una noche, me metí en las alcantarillas, ví la repetición de estos hechos y ví al murciélago.
Ahora mismo me doy cuenta que esa noche yo, ví cosas que el ya había visto y que seguía viendo.
Éramos el murciélago: los dos. Casi sin diferencias (salvo los puntos de vista y la experiencia). Aunque él no lo supo y siguió así nomás con sus secretos de alcantarillas (cosas por las que no pagarías dos pesos). Y yo, como no ví más, si siguiese escribiendo, estaría empezando a inventar (casi lo mismo da)
En el reino de la noche, suceden cosas, tan inverosímiles e intrascendentes, como éstas. Lo que no significa que no valga la pena contarlas (entre murciélagos, claro)
jueves 4 de febrero de 2010
martes 26 de enero de 2010
Mono inmaculado
Un niño cuelga perfectamente de un caño que está puesto perfecto arriba de un pelotero para que el niño se balancee en el, de manera perfecta.
Un trapecista marginal que cumple años, cuelga de un caño, muy por arriba de los demás niños, que juegan sin reparar en un trapecista que trepa de un caño. Y que no juega.
O más claro: Tomás cumple años. Los padres eligen festejar su cumpleaños en un salón de juegos, con animadores. Tomás no juega. No juega nunca. Los demás niños, si. Se sientan, escuchan a los animadores, hablan con un títere, comen papas fritas. Tomas cuelga de un caño y se balancea, durante todo el cumpleaños.
Los niños no lo ven. Los padres lo ven pero no lo ven. Mejor se distraen. Es que es tan grotesco.
Alguien ve. Alguien ve a Tomas colgado en el cielo, corrido de la “realidad”. Ve a los niños hablando con el títere. Ve a los padres mirar de reojo. Pero sobre todo se detiene en el mono inmaculado y grotesco.
Qué los cumplas feliz. Qué los cumplas feliz. Qué los cumplas Tomás, qué los cumplas feliz. Pero tomas no sopla las velitas.
Entonces lo agarran del brazo. Alrededor de la mesa, todos los animales de la selva. Salvo el mono cusco, nacido de costado, que se mete bajo la mesa, que cierra los ojos (como si las velitas fueran a explotarle en la cara)
Pero todo esto es egoísta. El mono inmaculado asegura la perfección en un papel. Más allá de lo que se pueda sentir en lo inmediato, resulta extraordinario: cuelga, se balancea, está tan alto, suicida, grita tanto, escupe para abajo, desde arriba, la cabeza de los que dicen la verdad. Es egoísta porque plantea la perfección de un retrato, de una foto, de una historia para contar, de una observación digna de estudio, en algún centro de rescate.
Después pero primero está Tomás, claro. Y Tomás aullando que provoca, que afecta. Y las miserables palabras: “pobrecito”, “tiene problemitas”. Y las preguntas. Por qué hace lo que hace. Por qué se balancea como se balancea. Por qué vuelta tan alto y no tiene miedo.
Un trapecista marginal que cumple años, cuelga de un caño, muy por arriba de los demás niños, que juegan sin reparar en un trapecista que trepa de un caño. Y que no juega.
O más claro: Tomás cumple años. Los padres eligen festejar su cumpleaños en un salón de juegos, con animadores. Tomás no juega. No juega nunca. Los demás niños, si. Se sientan, escuchan a los animadores, hablan con un títere, comen papas fritas. Tomas cuelga de un caño y se balancea, durante todo el cumpleaños.
Los niños no lo ven. Los padres lo ven pero no lo ven. Mejor se distraen. Es que es tan grotesco.
Alguien ve. Alguien ve a Tomas colgado en el cielo, corrido de la “realidad”. Ve a los niños hablando con el títere. Ve a los padres mirar de reojo. Pero sobre todo se detiene en el mono inmaculado y grotesco.
Qué los cumplas feliz. Qué los cumplas feliz. Qué los cumplas Tomás, qué los cumplas feliz. Pero tomas no sopla las velitas.
Entonces lo agarran del brazo. Alrededor de la mesa, todos los animales de la selva. Salvo el mono cusco, nacido de costado, que se mete bajo la mesa, que cierra los ojos (como si las velitas fueran a explotarle en la cara)
Pero todo esto es egoísta. El mono inmaculado asegura la perfección en un papel. Más allá de lo que se pueda sentir en lo inmediato, resulta extraordinario: cuelga, se balancea, está tan alto, suicida, grita tanto, escupe para abajo, desde arriba, la cabeza de los que dicen la verdad. Es egoísta porque plantea la perfección de un retrato, de una foto, de una historia para contar, de una observación digna de estudio, en algún centro de rescate.
Después pero primero está Tomás, claro. Y Tomás aullando que provoca, que afecta. Y las miserables palabras: “pobrecito”, “tiene problemitas”. Y las preguntas. Por qué hace lo que hace. Por qué se balancea como se balancea. Por qué vuelta tan alto y no tiene miedo.
miércoles 20 de enero de 2010
Método para sentirse un inútil o un pelotudo.
Se procede a buscar algo qué hacer (aunque resulte una paradoja). Algo absolutamente estúpido: como quedarse mirando una pantalla o ver fotos de gente que uno no conoce. Para matar estas dos opciones de un tiro, usted deberá abrirse una cuenta en facebook. Luego de hacerse amigo de personas que no ve hace doce mil años, deberá hurgar en sus fotos y encontrar defectos o virtudes físicas. Así podrá pasar horas. Hasta que comience a sentirse un estúpido sin vida, ni nada mejor que hacer que envidiarle la mujer al que era el boludo del grado, cuando usted solía ser el líder.
IMPORTANTE: tener constancia con esta actitud frente a la vida (de los otros), pasar horas y horas envidiando a los demás y comentando estados o fotos ajenas con reservado odio. Serle fiel al facebook. Pasar horas y horas frente a la pantalla, fijándose quién está conectado, quién acaba de desconectarse, leyendo las publicaciones y viendo videos que usted nunca vería.
IMPORTANTE: tener constancia con esta actitud frente a la vida (de los otros), pasar horas y horas envidiando a los demás y comentando estados o fotos ajenas con reservado odio. Serle fiel al facebook. Pasar horas y horas frente a la pantalla, fijándose quién está conectado, quién acaba de desconectarse, leyendo las publicaciones y viendo videos que usted nunca vería.
Escribir
"Narrar. Narrar algo.
Lo prioritario es tener el qué narrar. O más bien: Para narrar con cierta propiedad lo prioritario es tener el qué narrar.
Evitar la vulgar confusión del mensaje, con el deseo de transmitir.
Dominar las emociones (cuando no purgarlas), mantener la calma (como en teatro Noh).
Escribir filosofía."
"Escribir sin mirar lo que se escribe, sin darle especial importancia, sin enterarse ni hacerse cargo, pero sobre todo, sin darle especial importancia, sin mirar lo que se escribe."
(Ramiro Rivera Valdez)
Lo prioritario es tener el qué narrar. O más bien: Para narrar con cierta propiedad lo prioritario es tener el qué narrar.
Evitar la vulgar confusión del mensaje, con el deseo de transmitir.
Dominar las emociones (cuando no purgarlas), mantener la calma (como en teatro Noh).
Escribir filosofía."
"Escribir sin mirar lo que se escribe, sin darle especial importancia, sin enterarse ni hacerse cargo, pero sobre todo, sin darle especial importancia, sin mirar lo que se escribe."
(Ramiro Rivera Valdez)
síndrome
El síndrome de la complejidad con la que nos comunicamos quebrando la posibilidad de cualquier tipo de comunicación.
El síndrome de la idealización del otro, evitando palabras, haciendo pausas (largas-insoportables), no queriendo caer en el hermoso ridículo.
El síndrome de la vergüenza.
El síndrome del que calla que es el síndrome del que tiene vergüenza de que lo que diga este mal,
El síndrome de la publicidad de la sensibilidad, de los miedos propios, y de la vergüenza (siempre, vergüenza)
El síndrome de la necesidad de la devolución constante. Constante. Desgastante.
El síndrome del envenenamiento de las palabras en la garganta, en la panza, en el miedo.
El síndrome del…” que va a pensar”,
El síndrome de los mecanismos/nefastos/humanos.
El síndrome del miserable que espera siempre del otro, siempre del otro, siempre del otro.
El síndrome de “ese juguete es mío”
El síndrome de la desgracia inventada, y de la dramatización de los hechos cotidianos, de lo nimio, de lo poquito (lo inmerecido)
El síndrome del ombligo que mira el ombligo. (Propio)
El síndrome de hacernos los boludos.
El síndrome de la usencia.
El síndrome de pensar en cualquier síndrome (propio), mientras alguien nos cuenta algo que le pasó, y que le importa.
El síndrome de no escuchar
El síndrome del miedo.
El síndrome de la angustia
El síndrome de carecer siempre (siempre), de algo.
O simplemente el ser humano/urbano, presente.
El síndrome de la idealización del otro, evitando palabras, haciendo pausas (largas-insoportables), no queriendo caer en el hermoso ridículo.
El síndrome de la vergüenza.
El síndrome del que calla que es el síndrome del que tiene vergüenza de que lo que diga este mal,
El síndrome de la publicidad de la sensibilidad, de los miedos propios, y de la vergüenza (siempre, vergüenza)
El síndrome de la necesidad de la devolución constante. Constante. Desgastante.
El síndrome del envenenamiento de las palabras en la garganta, en la panza, en el miedo.
El síndrome del…” que va a pensar”,
El síndrome de los mecanismos/nefastos/humanos.
El síndrome del miserable que espera siempre del otro, siempre del otro, siempre del otro.
El síndrome de “ese juguete es mío”
El síndrome de la desgracia inventada, y de la dramatización de los hechos cotidianos, de lo nimio, de lo poquito (lo inmerecido)
El síndrome del ombligo que mira el ombligo. (Propio)
El síndrome de hacernos los boludos.
El síndrome de la usencia.
El síndrome de pensar en cualquier síndrome (propio), mientras alguien nos cuenta algo que le pasó, y que le importa.
El síndrome de no escuchar
El síndrome del miedo.
El síndrome de la angustia
El síndrome de carecer siempre (siempre), de algo.
O simplemente el ser humano/urbano, presente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
